Deseos de escaparate
¿Cuánta felicidad es realmente mía? ¿Qué distancia hay entre lo que deseo y todo aquello que, de tanto verlo repetido, he aprendido a desear? Entre lo que nace de mí y las voces ajenas que, a fuerza de insistir, han terminado resonando en mi conciencia.
Antes no me hacía tantas preguntas existenciales. Cerraba la cancela y no quedaba ni rastro de ellas. Ahora ya ni siquiera llaman al timbre: aparecen con trajes abotonados y zapatos gris peltre y se acomodan en el sofá.
Instagram ha interpuesto una cámara entre el mundo y yo: viajar para demostrar que viajo —cuántos hacemos cola para conseguir la misma postal en Mykonos—, ir a un concierto con el móvil en alto, ver una película pensando en el diálogo que podría compartir, puntuar lo leído en Goodreads... Ya no basta con que algo me ocurra: hay que exhibirlo, pregonarlo como quien vende papeletas en una feria.
No siempre fue así. Antes comía mucho, jugaba al FIFA, me enamoraba de vez en cuando y, sobre todo, dormía bien. No me carcomía una ansiedad generalizada por viajar a Tanzania, tener un chalet adosado, conseguir más likes y convertirme en millonario. Más, más y más. Las redes sociales me han infundido buena parte de ese desasosiego.
Puede que Tanzania me atraiga de verdad. El problema es que ya no sé reconocer si ese deseo me pertenece o fue creciendo tras ver romantizada cien veces la misma puesta de sol sobre el Serengeti. Tampoco sé si quiero un piso en el centro de Madrid o el estatus de poder decir que es mío.
Las redes me han enseñado a desdoblarme. Mientras algo me sucede, otra versión de mí ya se ha apartado unos pasos para observar la escena.
Y esa es quizá la condena de nuestra generación: vivir siempre al borde de otra vida.
Pero bueno, voy a seguir haciendo doomscrolling. Os dejo.



Tenemos que encontrar la resistencia!