Apártense las vacas
Normalmente escribo desde la tristeza —Bukowski decía que hay una soledad tan grande en este mundo que puedes verla en las agujas del reloj—, y el comején y las enredaderas se deslizan entre los tabiques de la casa. Las polillas revolotean en los armarios de doble fondo y los cuadros se embadurnan con un ungüento pastoso que destila nostalgia.
¿Merece la pena? Bueno, en ciertos terrenos la escritura es terapéutica; ya lo decía el viejo Hank: «si no te sale ardiendo de dentro, a pesar de todo, no lo hagas». En otros es simplemente una llaga abierta de donde se sacan las palabras a punta de aguja, mientras la cicatriz rosada sigue marcando la piel.
El otro día cambié de sofá. Enumeré los veinte momentos más felices de mi vida y no adquirieron especial protagonismo las fiestas atropelladas hasta las tantas de la madrugada, ni los cuerpos chapoteando en sábanas magentas. Eran, más bien, momentos de calma en los que el ruido de los pensamientos no se entrometía. Aparecían nubes arreboladas, sal en los ojos y arena en el cabello. Eran estos:
Corres, el mar salpica gotitas que rebotan en el rompeolas y tu respiración se entrecorta, exhalando un aire pesado. La frente perlada de sudor anuncia tu trote torpe; las suelas de los pies, calientes, rozan las piedrecitas del paseo marítimo. Y sigues, qué remedio, con el viento acuciante soplándote el rostro. Pero sigues.
La cabeza recostada en su vientre, desnudos; la manta de franela en una esquina, la ropa en otra, el espejo devolviendo la calma otoñal. La mente se abre paso entre silencios y las caricias se suceden en los antebrazos. Una pedorreta en el muslo izquierdo antes de rodear su cintura y observar su piel, tersa y fina, desde abajo. Tiene sentido pausar el transcurso del tiempo, sí, eso piensas, mientras preguntas por el lado de la cama. Ambos lo sabéis, pero preferís verbalizarlo de nuevo por cortesía. «Yo pongo la alarma», dices. La envuelves con cariño en el ángulo de tu hombro. «No te duermas hasta que me duerma». «¿Cómo cuento los minutos?». «Tranquila, yo te espero».
El botón de la camisa, el tercero o cuarto, despidiéndose del ojal tras una comida copiosa, regada por vino barato. El momento justo antes de pedir el postre: se achinan los ojos, algún chiste se cuenta solo… Es la reunión tras tanto tiempo: la foto, la copa, los líos que no salieron. Las vueltas a casa tiritando con la cancela del corazón abierta. Ahí, entre el segundo plato y el postre, salen las verdades, la cara vulnerable; esa que solo dura hasta que la cuchara se hunde en la mousse de chocolate.
El balón rueda en una liga de fútbol 7. Aparecen señores con tacos, dispuestos a ser la estrella que magnificaron en sus relatos, pero ya es demasiado tarde. Los focos alumbran tenuemente. Haces una pared con tu amigo del alma —camiseta azul, su nombre y el número 14 a la espalda— y su disparo no termina en la escuadra como en Oliver y Benji, sino varios metros por encima de la valla. Lo que pudo haber sido y lo que será. Habéis perdido. Pero bueno, se aprende más en la derrota. Volvéis de la cancha mustios.
—Llevas los cordones desatados.
—Ya me había dado cuenta, imbécil.
—De nada.
Ninguno de estos momentos cambió el curso de la historia. No aparecen en los libros ni merecen una placa conmemorativa. Pero cuando pienso en la felicidad, siempre acaba teniendo ese tamaño.
A veces me viene a la cabeza una frase de los amigos de Aureliano Segundo —célebre parrandero del pueblo de Macondo—, que pusieron sobre su caja una corona con una cinta morada: Apártense las vacas que la vida es corta.
Pues eso.



